domingo, 8 de mayo de 2016

Hábitos prehistóricos en tiempos modernos

Me he apuntado al gimnasio… ¡y voy! (hace un tiempo que la pereza me puede, deberia mejorar eso). ¿Por qué digo esto? Pues porque somos hijos de nuestro tiempo, para bien y para mal. En la prehistoria ir a un sitio a cansarnos y a gastar esa energía que tanto nos ha costado conseguir, no quiero decir que pasaran hambre, pero hacer ejercicio para nada sería, como mínimo, excéntrico. Ya que muchos de los instintos adquiridos desde los primeros homínidos se contradicen con la sociedad que tenemos actualmente.

Nuestra evolución nos ha llevado a buscar y desear el azúcar, la sal y la grasa, nutrientes con alto aporte energético y escasos en los alimentos más naturales. Este deseo natural, ya que el cuerpo lo pide para su buen funcionamiento, se ha ido complaciendo cada vez más fácilmente, hasta que ya en épocas históricas se ha llevado al límite (un limite que llega a ser perjudicial para nosotros). Si en el mesolítico teníamos que ampliar la dieta (Teoría del Forrajeo Óptimo) para poder encontrar las suficientes calorías para sobrevivir, ahora ingerimos tal exceso de comida, grasas, azúcares… que tenemos que obligarnos a hacer ejercicio para quemarlo y mantenernos sanos o recurrir a prácticas más drásticas, como dietas o incluso el quirófano.
No solo eso, si no que somos perezosos, unos más que otros, como en todo. Pero basta ver las escaleras a las salidas del metro, solo dos o tres personas suben por las normales mientras que el resto hace cola para subir en unas saturadísimas escaleras mecánicas. Esto que ahora nos hace pensar que somos unos vagos (nos matamos en los gimnasios pero luego hacemos cola por unas escaleras mecánicas) en el pasado pudo ser una inteligente estrategia de ahorro de energía. Si hemos evolucionado de forma que el desplazamiento bípedo nos suponga una ínfima cantidad de energía, ya que somos de los animales que menos calorías consumen en su desplazamiento, no es casualidad que después nos de pereza gastar esa energía ahorrada en cosas que podemos evitar.
Sin embargo, está demostrado que una vida totalmente sedentaria es muy perjudicial para la salud, tanto para el cuerpo como para la mente. Durante gran parte de nuestra vida en la tierra, sobre todo al principio como cazadores-recolectores, hemos tenido, por exigencias del guión, una muy alta movilidad. Precisamente esta alta movilidad buscando comida, materias primas, alojamiento… hace que sea más importante ahorrar algo de energía. Pero actualmente, en una sociedad opulenta como la nuestra, esa reserva de energía puede sobrepasar con creces lo saludable, y aunque seamos conscientes de que hay que eliminar el exceso nuestro instinto perezoso está programado para ahorrarlo por miedo a la carestía.
En cuanto al consumo de nutrientes, como ya he comentado, las dietas paleolíticas eran deficientes en algunos como calcio o el azúcar, del que se estima que puede contener entre 1 y 3 kilogramos al año, por lo que se desarrollo un deseo de consumir alimentos ricos en estos nutrientes. El consumo medio anual actual  de azúcar en España es de 36 kilogramos, si miramos E.E.U.U. asciende a 45. Este drástico aumento y básicamente su abuso ha causado la aparición de enfermedades como la diabetes o las caries. 


            Como en todo, pienso que lo mejor y lo más sano es la moderación, pero sí que es cierto que nuestro estilo de vida diverge mucho del de las sociedades cazadoras recolectoras, en gran medida para lo que ha evolucionado nuestro cuerpo. Otro día podemos comentar la moderna dieta paleolítica y su repercusión en el cuerpo, comparandola con la dieta paleolítica real.

¿Vosotros que pensáis? ¿Hemos de acostumbrar a nuestro cuerpo a la nueva vida o deberíamos llevar una vida más “paleolítica” aunque a nuestro cuerpo le guste más el EXTRA de azúcar?

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